Volcán Kawah Ijen, un infierno en tierra indonesia

on Miércoles, 17 Febrero 2016.

Azules increíbles, geometrías afiladas, columnas de humo y ceniza, despeñaderos y hombres bañados de sudor por el trabajo matizan el entorno de una montaña que truena y simula un infierno en tierra indonesia: el volcán Kawah Ijen.

El volcán Ijen en Java

A dos mil 836 metros de altura, la elevación impresiona y atemoriza, es cierto; pero causa admiración por el fuerte color celeste de la lava que expulsa cuando hace erupción.

Kawah Ijen, enclavado en la isla de Java, enseña su tono azul eléctrico brillante como si se tratara de otro planeta, color inusual para un volcán y que debe a la combustión de gases sulfúricos en contacto con el aire a temperaturas superiores a 360 grados centígrados.

La lava de la montaña -roca fundida desprendida de la Tierra a altas temperaturas- es distinta a la de otras por su composición mineral, grandes cantidades de gases sulfúricos a presión y temperaturas extremas.

Así que una vez que el azufre se expone al oxígeno en el aire se enciende fácilmente, y de ahí el efecto de una lava azul brillante.

En Indonesia, donde existen 130 volcanes activos y más de cinco millones de personas viven o trabajan en zonas peligrosas, la percepción de la realidad es distinta a la de un extranjero.

Sus casi 18 mil islas son hijas de la colisión de las placas euroasiática, pacífica e indoaustraliana y sus 250 millones de habitantes viven sobre el llamado Anillo de Fuego, una franja que recorre el planeta y aglutina 75 por ciento de los volcanes activos y durmientes del mundo.

Pero el Kawah Ijen no solo muestra al mundo sus colores, también enseña la otra cara de la belleza bruta; hombres y niños mineros rodeados por un resplandor azul que extraen rocas sulfúricas usadas en la industria alimentaria y química.

Un reportaje del portal Channel News Asia reveló que los adultos doblan su jornada hasta la noche en el cráter volcánico para duplicar el salario, mientras que los menores laboran para mantener a sus familias por cualquier medio posible.

Cinco centavos de dólar por kilogramo de azufre: si hacen dos o tres viajes con 60 y 80 kilogramos cada vez, ganan de siete a 12 dólares al día, de 200 a 300 al mes.

Un salario mísero en Occidente, un sueldo digno en un país donde 40 por ciento de la población vive con menos de dos dólares al día.

Cerca de 10 toneladas de azufre viajan cada día a Yakarta, la capital, donde el precio se quintuplica. Allí la empresa explotadora Gatot Subroto volverá a tasarlo y redistribuirlo.

Sus aplicaciones son infinitas: fertilizantes, neumáticos, cerillas, azúcar, jabón, champú, pólvora, pinturas, plásticos, baterías, pesticidas, medicamentos, conservantes alimentarios y papel periódico.

El agua de uno de los lagos ácidos más grandes del planeta está viva, como el volcán: su PH es como el del líquido de una batería y a veces se acerca a la ebullición con enormes burbujas de gas letales.

Un sitio web, Planeta Futuro, muestra imágenes espeluznantes, incluso surrealistas: mineros que pasan meses o años en el volcán y a menudo presentan dificultad para respirar por prolongadas exposiciones al dióxido de azufre.

Debemos ser agradecidos y mostrar respeto, el volcán es poderoso y nadie quiere morir, explicó al portal el trabajador Haliim, que extrae azufre del cráter.

Según el hombre de unos 50 años de edad, desde 1968 hasta la fecha han muerto unos 80 trabajadores asfixiados, despeñados, aplastados por piedras o tragados por la tierra tras caer en una grieta.

Ellos caminan dos horas ladera arriba para llegar al cráter, cargan agua, arroz frito, tabaco y un mechero y desde antes del alba atraviesan un bosque que desaparece al llegar a la punta del coloso.

El paraje es sorprendente, vivo y eterno, rocas gigantescas y afiladas buscan las nubes; en pocos metros, como si alguien hubiera arrancado los árboles aparece la caldera de unos 25 kilómetros de diámetro y seis picos, surgida tras erupciones volcánicas hace más de tres mil 500 años.

Cuenta la leyenda que el volcán siempre saluda a sus visitantes y que el forastero debe interpretar las andanadas de humo como bienvenida, advertencia o prohibición.

Para la ciencia, más escéptica, todo depende de las condiciones meteorológicas: si hay viento sus ráfagas esparcen el humo por el cráter y lo asfixian todo; si no, ascenderá en una columna monolítica.

Por un sendero esculpido en la roca se recorren los 300 metros de desnivel que separan a las personas de las entrañas del cráter. Un descenso brusco a los infiernos con pendientes de hasta 60 grados.

A la orilla del lago en el interior de la montaña, en las grietas donde el volcán late a 250 grados centígrado, los mineros clavan las tuberías por las cuales sale el gas condensado en una sustancia líquida color azafrán.

Otros tubos lo conducirán hacia la tierra y al enfriarse se endurece, su color varía del naranja al amarillo, y de gota pasa a roca.

Perceptibles resultan los azules vivos, grises inertes, vapores de olor acre y el silencio roto por la tos y el martilleo agudo del metal contra la roca.

Los mineros aprietan los dientes y respiran a través de un trapo húmedo, una camiseta o sarong que proteja algo la garganta, pero la mayoría labora sin protección; ni guantes, gafas o botas, solo con un pañuelo y una lanza de acero; son gladiadores sin escudos.

Donde hay hambre no hay pan duro, ni piedras irrompibles, ni humo asfixiante; allí sobresalen el desgaste, las cicatrices, las llagas en los hombros, los cortes en las manos, la artrosis y la escoliosis a causa de picar y cargar piedra cada día.

El cuerpo duele por falta de hábito al principio, las primeras semanas; pero los músculos y los huesos son como el bambú, aguantan más de lo que parece, mucho más, expresó Mohamed en un reportaje de la cadena ABC.

Trabajar en el Kawah Ijen es peligroso, pero todos saben por qué vale la pena: con lo que gano mantengo a mi familia y mis hijos pueden estudiar, indicó.

Todo depende de la tranquilidad del volcán cuya erupción más peligrosa ocurrió en 1952; la próxima, según los vulcanólogos, será en cualquier momento.

Los hombres sufren lesiones en las encías, los dientes y la tráquea; bronquitis, asma, enfisema, cáncer... Hasta las lágrimas duelen, el dióxido de azufre en sus ojos crea ácido sulfúrico: escozor durante días y daños a medio plazo.

Si Dante (Divina Comedia) tenía razón y quien sabe de dolor todo lo sabe, esos mineros son sabios: allí te pica la garganta, arde el pecho, escuecen los ojos, falta el aire, lloras y te descubres mirando al cielo y rezando a un volcán por su clemencia.

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